Por María Fernanda Galván Trejo
Mirar desde adentro
Al enfrentarme con la pieza de Pedro, realizada sobre una piedra volcánica, comprendí que la obra no podía reducirse únicamente a una representación del paisaje, aunque en un primer momento es inevitable relacionarla con el volcán y con la geografía de El Pedregal. Conforme permanezco observándola descubro que su interés principal no radica en mostrar un lugar, sino en transformar la manera en que nos relacionamos con él. Más que representar un paisaje, la obra parece cuestionar la posición desde la cual lo observamos y las formas en que construimos sentido frente a aquello que llamamos naturaleza.
Lo primero que llama mi atención, es que la pieza genera una cierta incertidumbre, ya que no se muestra una imagen inmediata ni una narrativa evidente (considerando el trabajo anterior de Pedro). La piedra conserva su presencia material, además de su peso visual y sus irregularidades, que, al mismo tiempo, Pedro no cancela estas características, sino que de alguna manera dialoga con ellas. Esto provoca que mi atención oscile constantemente entre la imagen y el soporte. Por momentos observo el dibujo, por otros observo la roca, pero ninguno de los dos elementos termina por imponerse completamente sobre el otro. Lo rico de esta obra es que parece construirse precisamente en esa tensión.
Esta condición resulta significativa porque rompe con una forma habitual de entender la producción artística. Con frecuencia esperamos que la materia desaparezca para que la imagen pueda manifestarse plenamente y que el soporte funcione como un elemento silencioso cuya función es sostener la representación. En esta obra ocurre lo contrario. La piedra se resiste a desaparecer, continúa afirmando su existencia material incluso cuando ha sido intervenida, dando como resultado que la mirada nunca puede instalarse cómodamente en una sola lectura.
Pienso que esta resistencia es uno de los aspectos más valiosos de la pieza. Vivimos en una cultura visual acostumbrada a consumir imágenes de manera rápida e inmediata, y donde gran parte de nuestra experiencia contemporánea se encuentra mediada por representaciones que buscan ser transparentes y fácilmente interpretables. La obra de Pedro parece actuar en dirección opuesta. No ofrece una lectura instantánea, exige tiempo, observación y, sobre todo, que el espectador suspenda momentáneamente la necesidad de comprender para simplemente permanecer frente a lo que tiene delante.
Esta experiencia me recuerda que la relación con una obra de arte no siempre debe comenzar desde la interpretación. Antes de preguntarme qué significa la pieza, me veo obligada a enfrentar aquello que produce en mí. Lo primero que aparece no es una idea, sino una sensación. Existe una atracción inicial generada por la textura de la roca, por las líneas que parecen surgir de su superficie y por la manera en que ambos elementos establecen un equilibrio delicado, la obra me obliga a habitar la experiencia antes de traducirla en conceptos. Sin embargo, permanecer únicamente en la percepción tampoco resulta suficiente, ya que la pieza comienza a desplegar otra serie de preguntas. Pedro menciona que su intención consiste en invertir la dirección de la mirada, no observar el paisaje del Xitle, sino observar desde el Xitle, esto modifica radicalmente la relación tradicional entre sujeto y objeto. Habitualmente, nos posicionamos frente al paisaje como observadores externos, y el territorio aparece como algo que puede ser contemplado o representado desde una distancia segura, aquí, ésta se vuelve problemática, ya que finalmente observamos eso que asecha, la ciudad, el ser humano, nosotros.
La piedra pertenece al mismo territorio que se busca pensar. No estamos frente a una imagen del volcán, sino frente a una consecuencia material de su existencia, es una huella física de un acontecimiento geológico, y por ello, el paisaje ya no se encuentra afuera de la obra, el paisaje está presente en ella.
Este giro, produce una serie de puntos de catástrofe dentro de la experiencia estética, que desplaza el centro de atención desde la representación hacia la materia, siendo importante lo que deja de ser aquello que la imagen muestra y pasa a ser aquello que la piedra contiene. La piedra parece sugerir que el territorio no es solamente una superficie visible, sino también una acumulación de procesos que normalmente permanecen ocultos. Bajo esta aparente inmovilidad de la roca existe una historia de transformaciones, desplazamientos, intervenciones, temperaturas extremas, fracturas y sedimentaciones. La piedra se convierte así en un archivo de acontecimientos que exceden por completo la escala de la experiencia humana, funcionando a través de sugerencias e indicios, donde su fuerza radica precisamente en aquello que deja abierto. En lugar de proporcionar respuestas, construye condiciones para que surjan preguntas. Esta apertura convierte al espectador en una parte activa de la experiencia, puesto que la obra no entrega un significado cerrado que deba ser descubierto, sino un campo de posibilidades interpretativas que debe ser recorrido. Cada observador establece relaciones distintas a partir de sus conocimientos y sensibilidades. Algunas personas reconocerán inmediatamente la referencia al Xitle o a El Pedregal, otras quizá se aproximen desde una experiencia más intuitiva relacionada con la textura y la materia, pero considero que ninguna de estas aproximaciones agota el sentido de la pieza. Precisamente por ello, la pieza pone en evidencia que toda interpretación depende de un contexto y la manera en que comprendemos una imagen nunca es completamente individual ni espontánea.
En este sentido, la pieza también me hace reflexionar sobre la construcción social del gusto. No todos los espectadores reaccionarán de la misma manera frente a una piedra intervenida, algunos podrían considerar que la simplicidad formal de la obra resulta insuficiente, otros podrían encontrar precisamente en esa economía de recursos su principal potencia. Estas diferencias no surgen únicamente de preferencias personales, sino que están vinculadas con formas particulares de educación estética y con distintos modos de relacionarse con el arte contemporáneo.
Sin embargo, reducir la obra únicamente a una cuestión cultural tampoco sería suficiente. Existe algo en ella que actúa a nivel perceptivo antes de cualquier conocimiento especializado, y donde la tensión entre la imagen y la roca puede experimentarse incluso sin información previa sobre el proyecto. Esta sensación de extrañamiento que produce el objeto surge de la propia configuración formal de la pieza, permitiendo que existan múltiples niveles de acceso, algunos dependen del contexto histórico, social, político, geográfico, etc., y otros emergen directamente de la experiencia sensible.
Al observar con mayor atención, encuentro que la obra genera pequeños momentos de quiebre en la interpretación, es decir, son instantes en los que aquello que creía comprender cambia repentinamente de dirección. Primero veo una piedra, después veo una imagen, pareciera un plano satelital o un detalle microscópico, pero luego observo detenidamente, veo un fragmento de ciudad, de un territorio, finalmente, veo una reflexión sobre el tiempo. Cada nueva lectura reorganiza la anterior y la experiencia no avanza de forma lineal, sino mediante desplazamientos sucesivos. Estos cambios son importantes porque transforman la relación entre espectador y obra. La pieza no busca confirmar expectativas previas, sino desestabilizarlas, porque nos obliga a reconsiderar constantemente aquello que estamos viendo. La aparente simplicidad del objeto comienza a revelar una complejidad que no se espera. Lo que parecía un soporte se convierte en contenido, lo que parecía inmóvil se revela como resultado de procesos dinámicos, lo que parecía natural muestra la presencia de una intervención humana y lo que parecía una imagen, al final termina funcionando como una reflexión sobre la percepción misma.
Ahora bien, desde una perspectiva axiológica, considero que la obra moviliza distintos tipos de valores simultáneamente. Existe, por supuesto, una dimensión estética relacionada con la experiencia sensible que produce la pieza, esta relación que existe entre textura, color, forma y materia, genera una presencia visual particular que sostiene gran parte de su fuerza, pero, también encuentro valores vinculados con el conocimiento. La obra invita a pensar el territorio desde una perspectiva distinta y hace visibles procesos que normalmente permanecen fuera de nuestra atención cotidiana. Asimismo, percibo también una dimensión ética en la forma en que establece su relación con la naturaleza. La intervención de Pedro no parece buscar la dominación del material ni la imposición de una imagen ajena sobre la piedra, por el contrario, existe una voluntad de diálogo, ya que las líneas se terminan adaptando a las características de la superficie, respetando sus accidentes y particularidades. La obra surge de una negociación entre la acción humana y la historia pura del objeto. Este aspecto resulta relevante en un contexto donde la relación entre sociedad y naturaleza suele construirse desde lógicas de explotación y apropiación de los espacios. Frente a estas dinámicas, la pieza propone otra forma de vínculo, puesto que no presenta al territorio como un recurso disponible ni como un escenario pasivo, lo muestra como una presencia activa capaz de participar en la producción de significado.
Conclusión
Al final, con lo que me quedo después de observar la obra de Pedro no es una interpretación definitiva, sino una transformación en la manera de mirar. La piedra deja de ser un objeto inerte para convertirse en la manifestación visible de una temporalidad que excede mi propia existencia, y, por otro lado, el paisaje deja de ser una imagen distante para convertirse en una realidad material que participa directamente en la experiencia estética. La obra me recuerda que el territorio no es solamente aquello que observamos, sino también aquello desde donde observamos. Pedro no busca representar el Xitle, sino establecer una relación distinta con él. Su interés no radica en mostrar un paisaje, sino en alterar las condiciones bajo las cuales ese paisaje puede ser percibido, y que través de una intervención mínima pero profundamente significativa, la obra convierte una piedra volcánica en un espacio de encuentro entre el tiempo y percepción, esto que emerge de ese encuentro no es una respuesta cerrada, sino una invitación a pensar cómo habitamos el territorio y cómo éste, silenciosamente, continúa habitándonos a nosotros.

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