lunes, 15 de junio de 2026

Zurcir el peso: la fragilidad y la memoria en la obra de Fernanda Galván

 Por Diego Gerardo Mendoza Olveda

"Zurcir el peso" 

  

 




Zurcir el peso: la fragilidad y la memoria en la obra de Fernanda Galván


Introducción: La primera mirada como herida


Cuando me situé por primera vez frente a Zurcir el Peso de Fernanda Galván, no fui capaz de sostener una actitud puramente estética. Lo confieso. No porque la obra careciera de belleza, para mejor decir porque esa belleza emergía de un territorio tan íntimamente humano que cualquier pretensión de desinterés kantiano se desmoronaba ante la evidencia de lo frágil. Como señala Kainz, “lo estético no es una cualidad objetiva de las cosas, sino una forma de mirar, un tipo de apercepción o vivencia”¹, y mi vivencia ante aquella membrana de resistol zurcida con cabello fue, desde el primer instante, una confrontación con mi propia condición vulnerable.
La pieza se presentaba ante mí con una quietud tensa: un marco rectangular de madera natural, orientado como un paisaje, contenía capas translúcidas de membranas de resistol que parecían flotar en un delicado equilibrio entre la presencia y la desaparición. El cabello natural, zurcido como hilo de una costurera fantasmal, remendaba la superficie como quien cose una herida abierta. Zurcir el Peso: el título mismo es una paradoja. Zurcir es aligerar, unir, reparar; el peso es gravedad, caída, memoria que tira hacia abajo. 

Campo temático: La fragilidad como territorio

¿De qué habla realmente esta obra? En apariencia, de un proceso material: la creación de membranas de resistol, el zurcido con cabello, la suspensión dentro de un marco. Pero el campo temático que se abre bajo esa superficie es el de la fragilidad como condición ontológica del ser humano. Galván no representa la fragilidad; la encarna en materiales que son ellos mismos frágiles. El resistol es una sustancia que evoca la piel, la membrana celular, ese límite poroso entre el interior y el exterior. El cabello es crecimiento lento, tiempo sedimentado, rastro biográfico ineludible. 

Lo que me interesa destacar aquí es que Galván utiliza sus propias artes de su cuerpo —cabello, probablemente— para remendar la membrana desprendida de su piel. No hay herramientas externas en el proceso de creación: todo depende del autor, del gesto manual, de la decisión de insertar ese fragmento de sí mismo en la obra. Esta autopoiesis material me remite a lo que Frondizi distingue como el valor como cualidad estructural: “la naturaleza del valor debe interpretarse como una cualidad estructural […] si bien depende de las cualidades empíricas del depositario, no se reduce a la suma de ellas, sino que constituye una nueva cualidad que emerge del conjunto”². La nueva cualidad que emerge aquí es la testimonialidad: la obra no solo es bella o interesante, más bien está testifica un proceso de reparación que es, simultáneamente, físico y simbólico.

Contenedor temático: El marco y la membrana como dispositivos de contención


El contenedor temático de Zurcir el Peso opera en dos niveles simultáneos. El primero es evidente: el marco rectangular de madera. Pero este marco no funciona como un mero límite decorativo; más bien un dispositivo de pregnancia formal. La teoría de las catástrofes, en su aplicación al análisis morfológico del arte, señala que “la obra de arte es un espacio de acción morfológica con un contorno (marco) que le da ‘pregnancia’ (tendencia a la estabilidad formal)”³. Efectivamente, el marco de Zurcir el Peso no solo contiene, este estabiliza la inestabilidad de las membranas. Sin él, esas capas de resistol se colapsarían sobre sí mismas; el marco les otorga la posibilidad de existir como membranas suspendidas y no como simples residuos.

El segundo contenedor es más sutil: la membrana misma como contenedor de memorias. Galván parece sugerir que la piel, esa membrana original, es el primer contenedor de la experiencia. Las cicatrices, las arrugas, las marcas, los vellos: todo eso está contenido en la superficie epidérmica. Al crear una membrana artificial zurcida con cabello, la artista fabrica un contenedor mnémico que es, al mismo tiempo, transparente y opaco. La luz lo atraviesa, pero el cabello introduce sombras, obstrucciones, puntos de fuga.


Supuesto temático: La herida que no cierra

El supuesto temático que subyace a la obra, aquello que no se dice pero que estructura todo lo que se ve, es la idea de que la reparación completa es imposible. Galván no muestra una piel restaurada a su estado original; muestra una piel zurcida, es decir, una piel que muestra las marcas de su desgarro. El cabello no es un hilo neutro; es un material orgánico que evoca el crecimiento, la vida, pero también el duelo. Zurcir con cabello es como coser con tiempo.

Esta imposibilidad de restauración total me lleva al concepto de polaridad de los valores que plantea Frondizi: “una característica fundamental de los valores es la polaridad, es decir, se presentan siempre desdoblados en un valor positivo y su correspondiente valor negativo (belleza-fealdad, bueno-malo). El valor negativo no es mera ausencia del positivo, sino que tiene existencia propia”⁴. En Zurcir el peso, lo bello y lo inquietante coexisten. La membrana translúcida es bella en su levedad, pero el zurcido con cabello introduce una nota de extrañeza, casi de inquietud. No es una belleza cómoda; es una belleza que duele.


Más allá de lo que dice la autora

Fernanda Galván no ha declarado explícitamente, que yo sepa, una intención autobiográfica en esta obra. Sin embargo, leer entre sus líneas —o entre sus fibras— me permite proponer que Zurcir el peso es un acto de reparación simbólica de algo que no puede ser reparado materialmente. La artista utiliza sus propios cabellos, sus propias membranas fabricadas por la memoria o huella de su cuerpo, para remendar una superficie que evoca una herida. Pero, ¿de qué herida hablamos? No necesariamente de una herida física. Puede ser la herida de la memoria, el desgarro del tiempo, la fragilidad de los vínculos. 

Me atrevo a ir más allá: Galván está practicando una forma de brujería doméstica. No en el sentido ocultista, más específicamente en el sentido en que la costura, el zurcido, el remiendo son tecnologías tradicionalmente femeninas de reparación del tejido social y afectivo. Al usa cabello —material cargado de simbolismo cultural, desde la melena de Sansón hasta el corte de pelo como duelo—, introduce un elemento de contaminación íntima en la obra. El cabello es lo que queda, lo que sigue creciendo después de la muerte, lo que guarda el ADN.


Intencionalidad de la autora: ¿qué quiere Galván?

Si aplicamos el proceso hermenéutico-analógico a la cuestión de la intencionalidad, podemos distinguir varios estratos en lo que Galván quiere con esta obra.

En un primer nivel, consciente y explícito, la autora quiere procesar. El propio título sugiere una acción: zurcir el peso. No eliminar el peso, no olvidarlo, solamente zurcirlo, integrarlo en la trama de lo vivido. Este es el nivel de la intencionalidad terapéutica.

En un segundo nivel, quizá no completamente consciente pero sí tácito, Galván quiere dejar huella de su paso. Al usar cabello, introduce un marcador biológico en la obra. Esa membarna zurcida contiene algo de ella misma. Es un autorretrato no figurativo, una cartografía capilar de la memoria. A este nivel lo llamo intencionalidad testimonial.

Pero hay un tercer nivel, el más interesante para mí, que es el de la intencionalidad paradójica: Galván quiere hacer presente lo ausente mediante un material que está destinado a desaparecer. La durabilidad de la pieza es extremadamente limitada. El resistol se degrada, el cabello se quiebra, la membrana se amarillea. La obra sabe que va a morir. Y esa conciencia de la muerte inminente es lo que la vuelve tan intensamente vital. Como señala Kainz, “el goce estético es inmediato y sin trascendencia”⁵; en Zurcir el peso, el goce está atravesado por la conciencia de la pérdida, pero precisamente por eso es más agudo.

¿Qué tipo de autora se asocia con esta intencionalidad? Una autora empírica postromántica, pero no en el sentido grandilocuente del genio atormentado, pero más peculiar en el sentido de quien asume la fragilidad como material de trabajo. Una autora que, como Louise Bourgeois con sus arañas o como Ana Mendieta con sus siluetas, entiende el cuerpo como el primer territorio, la primera membrana, la primera herida.

Funcionamiento de la obra y lectura del espectador

La obra funciona mediante lo que la teoría de las catástrofes llamaría una configuración bimodal. El espectador oscila entre dos percepciones contrapuestas: la levedad de la membrana suspendida (sensación de elevación, de ingravidez) y la gravedad del zurcido (sensación de peso, de reparación forzada). Esta oscilación impide una lectura estable y unívoca. No se puede decidir si la obra es optimista o pesimista, si la reparación logra subjetivo o si es un gesto fútil.

El espectador, al situarse frente a la obra, es convocado a una participación hermenéutica activa. No puede limitarse a admirar pasivamente; debe preguntarse por su propia relación con la fragilidad, por sus propias heridas zurcidas, por sus propios cabellos como materiales de memoria. En este sentido, la obra funciona como un espejo opaco: refleja no las facciones del espectador, sino su condición vulnerable.

La resonancia con el público: más allá del relato

Hay algo mucho más interesante que un relato en Zurcir el Peso. Un relato tendría principio, nudo y desenlace. Esta obra, en cambio, es puro presente: el momento de la suspensión, el instante en que la membrana es atravesada por la luz, el gesto de zurcir que se eterniza en su inmovilidad. Lo que Galván ofrece no es una historia, más bien es una estructura de sentimiento. La resonancia con el público no se produce a nivel narrativo, sino a nivel somático.

La obra te recuerda que tú también eres una membrana frágil, llena de zurcidos invisibles. Las huellas mnémicas a través de esta membrana zurcida pueden no solo develarse sino también desaparecer. Es una metáfora que evoluciona en sí misma. Porque lo que Galván logra, finalmente, es convertir la fragilidad en un acto de resistencia. Resistir no es ser duro, inquebrantable, eterno. Resistir es dejarse atravesar por la luz, sostenerse en el marco, mostrar las costuras. Resistir es, como esta obra, estar presente de todo y no, sin control de la presencia del peso.


Conclusión: El valor de lo que se desvanece


Zurcir el Peso nos enseña algo que la axiología contemporánea ha olvidado con frecuencia: que el valor no reside únicamente en lo permanente, en lo sólido, en lo que resiste al tiempo. Hay un valor en lo frágil, en lo que sabemos destinado a desaparecer, en la membrana que se
degrada mientras la miramos. Ese valor no es ni la belleza clásica ni la utilidad práctica; es, quizá, el valor de la veracidad existencial.

Como espectador, salgo de la experiencia de Zurcir el Peso con la sensación de haber presenciado no una obra, sino un acto. Un acto de zurcido, de memoria, de entrega. Y esa sensación no se desvanece cuando me alejo del marco; se queda, como una segunda membrana, adherida a mi propia piel.


Bibliografía


¹ Kainz, Friedrich. Estética: Teoría de la contemplación artística. Traducción de Enrique Llorens.
Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1968.

² Frondizi, Risieri. ¿Qué son los valores? Introducción a la axiología. México: Fondo de Cultura
Económica, 1958. (el valor como cualidad estructural, prólogo a la 2ª ed., pp. 7-8).

³ Thom, René. Parábolas y catástrofes. Traducción de José Luis Pardo. Barcelona: Gedisa,
1983.

⁴ Frondizi, Risieri. ¿Qué son los valores? (polaridad de los valores, p. 19)

⁵ Kainz, Friedrich, Estética, trad. de Wenceslao Roces, Fondo de Cultura Económica, México,
D. F., 1952. 

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