miércoles, 28 de noviembre de 2007

Metamorfosis obra de Rodrigo Delgado

por Xavier León Borja



Un día Gregorio empezó a cambiar. Su cuerpo cada vez más se alejaba de su estado normal; su voz, su piel, sus miembros, su sombra, eran ya distintos; sus movimientos se tornaban confusos y contraídos y el tiempo tomaba otro sentido. Este complejo estado de Gregorio, este sentido de que el tiempo se detenga, de que la velocidad se pare repentinamente en un instante, de que el futuro sea absorto, de ser indefinido, es en donde me situó la contemplación de esta obra de Rodrigo.

Después de verla y traerla a la memoria, una sensación de ruptura, de contradicción me plantea, puesto que esta obra se balancea entre las diferentes categorías de valores en las cuales no termina de inclinarse ni hacia un lado ni al otro, es decir nos propone una situación de constante metamorfosis, que es una cualidad muy destacable de su obra, pero que, conforme su principio, cabalga sobre una fina cuerda de loto. En cuanto a su forma, esta tiene cualidades que definen y respetan estructuras figurativas que se apoyan en el dibujo riguroso de la academia, pero que en otros lados arremete dicha estructura mediante indefiniciones, amputaciones o estados finales de un cambio y fragmentación. Con respecto al gusto, lo moral , lo tímico, se puede mirar y percibir dicha angustiante indefinición, que finalmente nos da la sensación de que la obra nos cuestiona sobre estas cualidades, sobre qué es bello, qué es feo y qué tan importante es que lo sea, sobre qué es bueno y malo, y sobre cuál es el verdadero estado en el que nos encontramos con respecto a nuestro fugaz proceso de descomposición y acercamiento a la muerte. Es decir, la obra nos cuestiona retóricamente a nosotros mismos.



Por otro lado, esta obra no podría ser planteada como pintura, pues mantiene más cualidades de un dibujo o un boceto. La imagen creada se mantiene en el dibujo que es el que le da la forma de una manera mucho más jerárquica e imponente que el uso del color, que inclusive tiende a ser monocromo. Esto no es una ventaja ni una desventaja, sino tan solo una cualidad que nos habla del estado en el que se encuentra la creación de Rodrigo.
Sin embargo, no he hablado de lo principal que, a mi forma de ver apunta, y que constituye un fuerte factor de atracción y de valor intrínseco en su trabajo. Me refiero a la sensualidad con la que nos atrae de manera sintáctica a primera vista mediante el uso de elementos altamente gestuales, y de su virtuosismo en el dibujo.



Tomando los primeros elementos, se observa una gran riqueza que se distingue principalmente en las zonas de la cabeza y la mano de la figura; el diferente uso del gesto, mediante la mancha, la velocidad del trazo y el chorreado, juega un papel primordial que enriquece altamente a esta obra en cuanto a su textura. Una gran cualidad es el enigma gestáltico propuesto, que principalmente se puede ver en el rostro cubierto por rayas diagonales y en el vacío del cuadrante inferior derecho que nos amplia y nos invita a participar de la obra en el proceso de imaginar y quererla completar. Sin embargo, las líneas que cubren el rostro y este vacío finalmente no se definen; en el primer factor, las rayas guardan una misma dirección que las que se encuentran en el fondo, pero no se conjugan ni se unifican con este, y por otro lado tampoco contrastan, es decir quedan divagando o proponiendo un paso más. Adicionalmente, ciertos elementos gestuales se empiezan a repetir en muchas otras zonas, en donde por ejemplo los trazos diagonales de la parte superior izquierda se repiten abajo, y nuevamente se repiten ,pero invirtiendo la dirección, en la parte inferior derecha, lo cual produce principalmente que se agote la observación y que dicho gesto empiece a tener el carácter de efectista.
En cuanto al dibujo, éste parte claramente de un dominio de la figura natural del hombre, que sobre ésta muta sin el deseo de distorsionar, pero que por otro lado guarda una cierta estilización en el sentido de que sus figuras son de una contextura atlética. Esto nos remite nuevamente a un cuestionamiento producido en ese estado intermedio de metamorfosis entre un cuerpo “bello” y algo que será después.



La calidad metamorfósica de esta obra mantiene una tensión y un enigma sumamente interesante. Ésta me habla de un proceso cuyo camino podría ir, por un lado, por el de mantener esa cualidad atemporal y fenomenológica de estarnos cuestionando y ser un ente cultural activo sobre la condición del hombre; o por otro, por el de quedarse siempre en esa metamorfosis e indefinición, y a la manera de Gregorio Samsa, ser agotada y olvidada en un frío cuarto. Esta dubitativa, a su vez, formula un hecho de enorme potencial, pues las fuertes cualidades que tiene la obra entregan firmemente en las manos de su creador la capacidad de su destino. Por tanto, solo el trabajo abnegado y la reflexión profunda le queda.

Xavier León Borja
Ciudad de México, 26 de noviembre de 2007