miércoles, 4 de febrero de 2026

Sobre la obra de Fernanda Galván

 Por Pedro Calderas Patiño


De-Velo: La pintura como una muda de piel

La pieza De-Velo de Fernanda Galván propone una reflexión profunda sobre el cuerpo, la herida y la memoria a partir de una acción material y simbólica que oscila entre lo pictórico y lo performativo. Esta acción consiste en aplicar capas de resistol sobre la superficie de su propio cuerpo, retirarlas para obtener láminas con la impresión de su piel —incluyendo vellos, células muertas y residuos epidérmicos— y posteriormente superponerlas formando una composición guiada por un vacío central, una fisura o herida. Esta composición dispuesta en un marco de madera conforma un palimpsesto de huellas corporales: una acumulación de restos que funcionan simultáneamente como registro, memoria y metáfora. La acción a su vez evoca un gesto infantil —poner resistol y arrancarlo— pero lo re configura como una operación conceptual para hablar de la fragilidad de los recuerdos.

De-Velo hace presente el cuerpo desde su ausencia y lo evoca a través de sus residuos. Cada lámina de resistol se comporta como una epidermis arrancada, una transparencia que conserva la forma del contacto y que, al disponerse en secuencia, compone capas de una memoria fragmentada que gira alrededor de una herida central. En esta pieza, Fernanda no busca hablar de una herida específica, sino de la disposición de una memoria o una conciencia. La artista colecciona pedazos de sí misma del mismo modo en que se recolectan los recuerdos: fragmentarios, discontinuos, acomodados uno junto a otro, dibujando un mapa de placas acumuladas en un contenedor que podríamos llamar cuerpo. Esta acumulación produce una imagen que amplía lo pictórico al tiempo que lo niega; aunque no hay color ni figura reconocible más allá del que ofrece el resistol, la pieza utiliza recursos formales de la pintura —estratificación, composición, marco, opacidad y transparencia— para construir un discurso visual sostenido en el gesto procesual y en la materialidad.

 


 

Planos de funcionamiento

Todos los planos de funcionamiento pictórico pueden identificarse en De-Velo, ya que cada uno aporta una dimensión distinta a la lectura de la obra. En el plano semántico, la pieza construye un significado que se revela al acercarse a su materialidad y comprender que esas capas translúcidas provienen del cuerpo de Fernanda, abriendo una reflexión sobre memoria, fragilidad y huella. En el plano sintáctico, la organización de las láminas como un collage que gira alrededor de un vacío central produce una abstracción del cuerpo donde el ritmo visual surge de las superposiciones, las transparencias y la composición. En el plano simbólico, la representación de la piel funciona como metáfora del cuerpo y de la memoria, mientras que la herida central actúa como símbolo de fractura y el marco transforma un residuo íntimo en una especie de reliquia frágil. Finalmente, en el plano pragmático, el sentido de la obra depende de la relación directa entre el espectador y el proceso que dio origen a las láminas, lo que activa una experiencia basada en la cercanía, el cuidado y la comprensión de su origen corporal y efímero.

Si bien todos los planos están presentes, el más fuerte es el pragmático, porque el significado profundo de De-Velo solo se activa plenamente cuando el espectador reconoce su procedencia corporal, su carácter efímero y el gesto performativo que la originó. La pieza se sostiene en esa experiencia de descubrimiento y en la reacción sensible que provoca su fragilidad, convirtiendo la interacción del espectador en el centro de su funcionamiento retórico.

 


Enfoques conceptuales en la pintura

El enfoque conceptual dominante en De-Velo es expresiva-procesual. La obra no pretende representar un cuerpo, sino desplegar un proceso donde el cuerpo es simultáneamente herramienta, soporte y fuente de materia. El procedimiento de aplicar resistol, dejarlo secar, retirarlo y superponerlo constituye la estructura conceptual del proyecto: un gesto repetitivo que emula la muda de piel, la renovación y el daño. La herida no aparece como imagen, sino como principio organizador: es el eje que da sentido al conjunto, el punto hacia el cual convergen las capas como recuerdos que se ordenan alrededor del trauma.

Aunque este enfoque es el que dirige la pieza, De-Velo también se cruza con otros modos de pensamiento pictórico. En términos metafóricos, la piel arrancada se convierte en una imagen de la memoria y de la vulnerabilidad, desplazando el sentido del cuerpo hacia un territorio simbólico. De manera expresiva, la obra trabaja con la fragilidad, la herida y el desprendimiento desde una dimensión afectiva más que representativa. Incluso se insinúa un enfoque conceptual, ya que la operación mental —cuerpo, residuo, contenedor— antecede a la imagen y la organiza. Sin embargo, ninguno de estos enfoques opera con tanta fuerza como el procesual, que articula la lógica interna de la obra.

El uso del resistol como medio pictórico expandido vincula la pieza con corrientes que cuestionan los límites del cuadro tradicional. Fernanda amplía lo pictórico al emplear materiales corporales, pero también lo niega al producir una imagen sin pigmento ni trazo. Sin embargo, la obra conserva elementos fundamentales de la pintura: su composición superpuesta, el uso del marco y la construcción de una superficie que debe ser leída en capas. De este modo, De-Velo articula diversos enfoques conceptuales, pero los subordina a una lógica expresivo-procesual que define su sentido y su materialidad.

 


Códigos y signos pictóricos

En De-Velo, los códigos y signos pictóricos se despliegan de manera particular, privilegiando la materialidad por encima de la representación. La pieza se sostiene principalmente en códigos blandos, pues su sentido surge de la textura del resistol, la transparencia de las capas y la fragilidad del material, elementos que abren interpretaciones más sensibles que estructurales. Aun así, algunos códigos duros permanecen activos: el marco que delimita la obra y la composición centrada en la herida funcionan como principios estables que organizan la lectura. En cuanto a los signos, la pieza prescinde de lo icónico, ya que no representa una figura reconocible del cuerpo; todo el significado se construye desde lo plástico, mediante capas, restos, bordes irregulares y vacíos que actúan como el verdadero lenguaje visual de la obra. Estas operaciones se reflejan también en la diferencia entre ratio facilis y ratio difficilis: a simple vista, puede percibirse un conjunto de transparencias organizadas alrededor de una fractura, pero el sentido profundo solo se activa cuando el espectador comprende el proceso corporal que dio origen a esas láminas. Por ello, la lectura compleja —la ratio difficilis— resulta dominante, ya que la obra depende del reconocimiento de su procedencia corporal y de la acción que la produjo.

 


Características retóricas del discurso pictórico

Las operaciones retóricas en De-Velo no provienen de la figuración, sino del propio proceso material que estructura la obra. La repetición es el eje fundamental: Fernanda produce múltiples capas de resistol aplicándolo, dejándolo secar y retirándolo de su cuerpo, generando láminas que funcionan como epidermis repetidas. Ese gesto, casi ritual, acumula también una memoria corporal que se manifiesta en la materia, no en la imagen. Sobre esta base, la metáfora opera en el desplazamiento entre piel real y piel artificial: las láminas funcionan como epidermis arrancadas que emulan procesos de desgaste, reconstrucción y vulnerabilidad sin representarlos de manera literal; no se parecen a la piel, pero actúan como su eco conceptual, como un registro que habla de un cuerpo que se modifica y se desprende de sí mismo. A su vez, la metonimia aparece en los restos corporales adheridos —vellos, fragmentos de piel, texturas del contacto— que remiten de manera directa al cuerpo ausente; no son símbolos, sino huellas reales que mantienen la obra ligada a su origen. La pieza también se acerca a una alegoría: fragilidad, herida y memoria corporal se sugieren sin narrarse, especialmente en la forma en que las capas rodean el vacío central, evocando una herida que organiza composición de pieles, pero lo hace sin mostrarse. Por último, una sinécdoque conceptual atraviesa el conjunto: cada fragmento busca contener la experiencia completa del cuerpo y de la herida, y la acumulación de láminas configura un mapa discontinuo de una memoria íntima. Todas estas retóricas emergen desde la ausencia de imagen: sin figura ni contorno, el sentido se construye entre lo visible y lo sugerido, entre la materia y su origen. La piel arrancada funciona como metáfora del registro; la herida invisible, como núcleo de significado; y el resistol, como un pigmento que no colorea pero sí deja huella. De-Velo muestra así que la retórica pictórica puede operar incluso cuando lo pictórico parece desvanecerse.

 


Conclusión

Con De-Velo, Fernanda no solo construye una pieza: realiza un cambio de piel. Con la obra nos permite entender la herida como un vacío que organiza la memoria, y el cuerpo, no como un archivo que conserva, sino como un contenedor o un marco  donde los recuerdos se adhieren y se organizan de una forma caótica. Las capas de resistol —frágiles, abstractas y casi orbitando alrededor del vacío— funcionan como epidermis simbólicas jaladas por una gravedad inexistente, como si cada una fuese el residuo de un recuerdo que insiste en permanecer y a la vez pide ser dejado ir. Este gesto convierte el proceso en un acto de desprendimiento, casi un exorcismo: soltar la piel para mirar la herida desde afuera. En esa acción, Fernanda encuentra un punto de inflexión. Aunque no se trate de una epifanía completa, sí es un salto a buen puerto, una apuesta arriesgada que le ha permitido descubrir imágenes, preguntas y direcciones fundamentales en su trabajo. Su pieza demuestra que la pintura puede ser también una muda, un tránsito y un modo de hablar de la herida sin tratar de representarla, entenderla o conservarla.

 



Sobre la obra de Diego Olveda

 Por María Fernanda Galván Trejo


 

Análisis semiótico y conceptual de la pintura de Diego Olveda

En el ámbito de la pintura contemporánea, las imágenes ya no operan únicamente como objetos destinados a representar el mundo visible, sino como superficies donde se cruzan sistemas de signos, gestos materiales y estructuras conceptuales, lo que implica que una obra pictórica no solo muestre, sino que organice estos modos de leer, interpretar y pensar. Bajo este entendido, la pintura que presenta el artista Diego Olveda se entiende como un campo semiótico y conceptual en el que convergen diferentes fuerzas, por un lado, la geometría técnica y por otro la inestabilidad matérico-gestual, el orden y el desbordamiento, la estructura y el tránsito.

A continuación, se hará una descripción del análisis visual de la obra de Olveda, recurriendo a un lenguaje que evitará la figuración directa para abordar la migración como fenómeno espacial y sensorial. Considerando el cuerpo de trabajo que presentó durante el semestre, esta obra, también traslada la experiencia migrante a un nivel de abstracción donde un patrón isómetrico sobre papel, la densidad del pigmento y el juego de tensiones cromáticas, actúan como signos que remiten a territorios regulados, trayectorias interrumpidas y fricciones del tránsito.

A partir de esta perspectiva, el presente ensayo propone un análisis de la obra desde diferentes ejes fundamentales. Como primer punto se profundizará en los planos semióticos, posteriormente en los enfoques conceptuales de la pintura, los signos y códigos visuales activados por la obra, y finalmente, los tropos que estructuran su dimensión. Esto permitirá comprender cómo la pintura abre un lenguaje complejo en el que la migración se construye no como narración explícita, sino como una tensión visual entre lo geométrico y lo matérico, entre el orden espacial y la fuerza del desplazamiento humano.

Planos semióticos

Como primer encuentro, se presenta el plano sintáctico, que corresponde al modo en que los elementos plásticos se articulan entre sí, ya sean líneas, módulos, ritmos, direcciones, densidades, jerarquías formales, etc. En la obra, la sintaxis visual devela un patrón isométrico no tan evidente, es decir, un gesto marcado sobre el papel que genera la ilusión de tridimensionalidad a partir de la repetición de unidades geométricas equivalentes. Este sistema organiza la superficie de manera homogénea, aunque no estático, ya que se presenta a manera de collage, y que hasta cierto punto presenta una limitante, es decir, se contiene la información, una contracción.

La isometría, por su propia estructura, produce un efecto de orden matemático. Sin embargo, dentro de esa regularidad aparecen pequeños desajustes, interrupciones o densidades plásticas que parecen desestabilizar la continuidad del patrón. Tales variaciones no destruyen la estructura, pero la tensionan, es decir, la obra oscila entre la sistematicidad y la irregularidad, entre el control del trazo y la posibilidad de quiebre. Esta dialéctica sintáctica es significativa porque se constituye como un primer nivel de metáfora visual; la migración, lejos de ser un movimiento uniforme, implica trayectorias interrumpidas, desvíos y rodeos dentro de un sistema que pretende, pero no consigue ser estable.

En el plano semántico se entienden los significados que emergen de los elementos formales y materiales. En la pieza se puede percibir que el patrón isométrico no se interpreta como un recurso puramente estético, sino como un dispositivo conceptual cargado de sentido. Por su capacidad para representar tridimensionalidad a partir de módulos equivalentes, la isometría remite a nociones de territorio, infraestructura y mapeo, donde en este caso se puede

leer como una abstracción de arquitecturas, asentamientos o trayectos. La repetición modular evoca redes, rutas y patrones de movimiento.

La migración, entendida como un fenómeno global, involucra desplazamientos que se insertan en sistemas previamente estructurados, ya sean fronteras, controles, rutas oficiales y no oficiales, redes comunitarias, geografías políticas. El patrón isométrico, con su fuerte componente estructural, funciona como símbolo de esos sistemas que condicionan el tránsito. Sin embargo, las variaciones internas —los quiebres y desplazamientos del patrón— introducen la idea de agencia humana dentro de la estructura. La obra sugiere que, aunque existan marcos rígidos que regulan el movimiento, las trayectorias individuales producen desbordes y transformaciones. Esto es una de las fortalezas de la pieza, no presenta la migración de manera literal, sino que la convierte en un proceso abstracto que se desliza entre el orden estructural y la ruptura.

La paleta reducida también adquiere valor semántico por su saturación, monocromía o contraste puede leerse como indicadores de tensión, calma o intensidad del movimiento. En conjunto, todos estos elementos construyen un campo de significación complejo que desplaza la migración desde lo narrativo hacia lo estructural.

En el nivel pragmático se analizan no sólo los significados internos, sino los efectos comunicativos y las condiciones externas que modulan su interpretación. En este caso, el contexto de la obra resulta fundamental, donde Olveda trabaja desde una idea donde la migración es un fenómeno cotidiano. La decisión de representar este fenómeno mediante un patrón geométrico no busca eliminar la dimensión humana, sino producir una distancia crítica que permita observar la migración desde una perspectiva estructural y no puramente anecdótica.

La obra activa un tipo de relación particular con el espectador, ya que, al no ofrecer imágenes explícitas de la migración, obliga a quien observa a establecer conexiones conceptuales, a leer la estructura a manera de metáfora y no como una representación directa. Este procedimiento se alinea con prácticas contemporáneas que utilizan la abstracción como forma de crítica, donde presentar una estructura rígida que se desestabiliza, permitiendo reflexionar sobre los mecanismos sociales que generan desplazamientos.

La recepción también forma parte del nivel pragmático. Dependiendo del bagaje cultural del espectador, este patrón puede activar asociaciones distintas, tal vez para algunos evocará mapas urbanos, para otros, redes o sistemas de control. El sentido no está cerrado, sino que se produce en la interacción entre obra y público.

Enfoques conceptuales

La obra desde los enfoques conceptuales de la pintura permite profundizar en la manera en que la migración es articulada no mediante imágenes figurativas, sino a través de una operación conceptual que reorganiza las funciones tradicionales de la imagen pictórica.

Se reconoce que en la pintura existe una negación de la imitación. El patrón isométrico sustituye lo evidente. De esta forma, la pintura opera por desplazamiento conceptual, donde en lugar de mostrar la migración, la traduce en un lenguaje formal cuya relación con el tema es simbólica y abstracta.

La representación operada por la obra es de carácter simbólica. El contraste entre lo denso y lo vacío podría estar hablando de un desorden, ya que el patrón isométrico funge como las estructuras sociales a manera de secuencia; y finalmente el desgaste material, las fricciones del movimiento. La representación se produce por analogía conceptual, no por mímesis

tradicional. Representa procesos, condiciones y fuerzas mediante relaciones formales y no figurativas.

El componente expresivo emerge principalmente del gesto pictórico que Olveda presenta. Desde la aplicación de la pintura, que, aunque se refleja un esfuerzo por querer integrar las formas orgánicas, llegan a percibirse contenidas, es decir todavía hay un respeto por las formas rígidas que anteriormente ha presentado. El mismo recorte del papel se siente enmarcado. El cuadro, así, no solo representa un tema, sino que incorpora formalmente su dimensión temporal y procesual.

Signos y códigos en la pintura

La pintura activa un sistema complejo de signos visuales y materiales que operan simultáneamente sobre distintos niveles de lectura. En este sentido, resulta pertinente analizar la obra desde diferentes nociones clave, donde cada uno de estos elementos permitirá comprender cómo la composición articula significaciones a través de la materialidad misma del soporte y la organización visual del plano.

Se entiende que el concepto de signo plástico, es el que produce sentido sin depender de la representación icónica. En la obra, este tipo de signo se manifiesta en dos niveles:

Por un lado, está el gesto matérico y el trazo irregular, que discurren desde la parte superior. Este gesto, con apariencia de mancha expansiva, funciona como un signo plástico que introduce un esfuerzo de dinamismo tensionante en el plano.

Y por el otro, se presenta el patrón isométrico del plano inferior medio. Aunque se muestra geométrico y repetitivo, no se interpreta como figura representacional, sino como estructura formal que produce una lectura de orden, medición y regularidad.

La relación entre ambos signos plásticos —uno orgánico y expansivo, otro geométrico y regulado— produce un contraste semántico fundamental, un choque entre la experiencia del tránsito —lo fluido, incierto, inestable— y las estructuras que norman el espacio —lo técnico, lo calibrado, lo que fija un límite—. La migración aquí no se representa figurativamente, sino a partir de un tejido de signos plásticos que encarnan sus tensiones constitutivas.

En esta obra, también se combina de dos códigos, el duro se activa principalmente mediante el patrón isométrico, que proviene de un sistema gráfico preexistente, propio de la geometría descriptiva. Este patrón no surge del gesto espontáneo del artista, sino de una plantilla o retícula con reglas precisas. Es un código cuyo funcionamiento está fijado antes de ingresar a la obra. La lógica del soporte, el papel doblado conserva líneas de plegado que obedecen a procedimientos concretos y repetitivos. Y el blando, por el gesto plástico del empaste y su organicidad, este código opera principalmente en la dimensión cromática, el uso de tonos contrastados y el iridiscente presentado a manera diluida, generando un campo de vínculos simbólicos que no están fijadas por un sistema externo, sino que emergen de la sensibilidad del espectador. La pintura, así, pone en tensión el gesto subjetivo de la imposición estructural queriendo romperse.

La noción de ratio difficilis alude a la dificultad carácterística de ciertos sistemas visuales, cuyo sentido no es inmediato y requiere una activación interpretativa más profunda. Se opone a la ratio facilis —la lectura inmediata de signos figurativos— y se asocia con la abstracción, la ambigüedad y las multicapas de significación.

En esta obra, se manifiesta en varios aspectos, comenzando por la composición, que no entrega una narrativa directa. No hay figuras humanas, ni objetos reconocibles, ni paisajes. El espectador debe decodificar el sentido a partir de la fricción entre signos plásticos y códigos, sin

que ninguno de esos significados se imponga por completo. Su ambigüedad es productiva, es decir, genera una lectura abierta, no literal.

La relación entre el gesto pictórico y la geometría es tensional, no ilustrativa. No existe una traducción inmediata entre un elemento y otro. Más bien, la obra trabaja en registros simbólicos y materiales cuya interrelación no se resuelve fácilmente.

Esta dificultad interpretativa no es un obstáculo, sino una estrategia estética que desplaza la migración del terreno descriptivo al conceptual. La obra exige al espectador un posicionamiento activo, un esfuerzo por recomponer el sentido desde zonas de fricción, silencios visuales y estructuras incompletas.

Tropos

Los tropos constituyen una dimensión esencial de esta obra, ya que permite comprender cómo la pintura articula diferentes conceptos a través de desplazamientos simbólicos.

La metáfora del tránsito, en un inicio se hace evidente en la relación entre el interior “vacío” y los bordes densos. El espacio central se convierte en metáfora de un territorio por atravesar, mientras que los bordes funcionan como metáfora de fuerzas externas que condicionan el movimiento.

La metonimia espacial aparece en los gestos matéricos. Cada arrastre o mancha funciona como parte por el todo, representando el movimiento más amplio de quienes migran. La textura se convierte en huella de un tránsito mayor.

La sinécdoque del territorio se materializa en el patrón isométrico, como un fragmento que representa el sistema espacial completo. Este diseño, aunque parezca simple, remite a estructuras más amplias sin necesidad de mostrarlas por completo.

Finalmente, la pintura puede leerse como una alegoría de la relación entre estructura y fuga. La geometría simboliza el orden preexistente y la materia pictórica, la irrupción, el cruce o el desbordamiento. Juntas articulan una alegoría del movimiento humano a través de sistemas rígidos.

Conclusión

El análisis de esta obra permite comprender cómo Olveda ha logrado reforzar un lenguaje pictórico cada vez más sólido, sustentado en la interacción entre signos plásticos, códigos, estructuras sintácticas complejas y una profunda atención al proceso material. A lo largo del semestre, su práctica se ha caracterizado por un estudio minucioso de los elementos que conforman la pintura, desde el soporte, la matriz y la aplicación del pigmento como gesto capaz de activar significados no figurativos. Todo ello se ve presente en esta última pieza, donde se inscribe dentro de una sintaxis visual coherente, en la que el diálogo entre orden y desborde, entre estructura y energía, permite abordar la migración desde una dimensión conceptual más que narrativa.

Este avance técnico y reflexivo no es circunstancial, ya que se sostiene en la evolución que Olveda ha mostrado durante los últimos meses. Su acercamiento a la pintura ha trascendido progresivamente el plano material para situarse en una comprensión más amplia del medio, entendiendo que la pintura no es solo pigmento sobre un soporte, sino un sistema de relaciones simbólicas, perceptivas y procesuales. Su trabajo ha demostrado una creciente claridad en el

manejo del soporte —particularmente en el uso del papel doblado como matriz de memoria— y una determinación notable en la organización del espacio pictórico. La limpieza de sus composiciones, la precisión en la selección de materiales y la coherencia entre concepto y forma evidencian un proceso disciplinado, atento y consciente.

El semestre concluye así, con un cuerpo de obra que no solo muestra consistencia, sino también apertura. Olveda cierra este periodo con múltiples ideas en desarrollo y con un amplio margen de posibilidades para experimentar, tanto en relación con la materialidad del soporte como en la expansión de su lenguaje visual. Su camino se proyecta amplio por su claridad técnica que ha logrado hasta ahora, sumada a su capacidad de construir significados desde la abstracción y la estructura, visualizando un crecimiento continuo. La obra aquí analizada no es un punto de llegada, sino un paso que anuncia futuros niveles de complejidad formal y conceptual, consolidando un proceso que comienza a desplegar su potencial.

Sobre la obra de Pedro Calderas Patiño

Por Diego Gerardo Mendoza Olveda
 

De la Piedra al Cielo: Una Semiosis del Paisaje en “Altar al Pedregal Cielo” de Pedro Calderas

La obra pictórica de Pedro Calderas, “Altar al Pedregal Cielo”, se erige como un objeto escultórico-pictórico y permite aludir a un campo de tensión semiótica donde confluyen tradiciones estéticas distantes y se redefinen los fundamentos mismos de la representación. Al utilizar la roca volcánica —pumita, basalto y laja— no únicamente como soporte sino como elemento constitutivo del significado, Calderas instaura un sistema de signos que invita a un análisis desde la teoría semiótica. Este ensayo propone que la obra opera mediante una semiosis ecológica, donde los códigos icónicos y plásticos negocian su significado a través de la materia prima, la intervención pictórica y la referencia cultural, desdibujando los límites entre imitación (mímesis), acción creativa (poiesis) y contemplación.

1. El Sustrato Material: Hacia un Metalenguaje de la Piedra

El primer nivel de significación de “Altar al Pedregal Cielo” se establece en la elección y preparación de sus elementos materiales. La obra se compone de tres tipos de roca volcánica, cada una sometida a un grado distinto de intervención, lo que genera un metalenguaje dentro del propio lenguaje-objeto de la pieza. La semiótica, como ciencia general de los signos, ofrece herramientas para desentrañar esta estratificación.1
La laja, la piedra más procesada —lijada y primada como un lienzo—, asume la función de signo icónico por excelsitud dentro del conjunto de piedras. En su superficie, una composición circular de pigmentos locales representa un “cielo nublado que asemeja el planeta Tierra”. Aquí, la relación de semejanza es innegable, pero no ingenua. Se puede inferir que se trata de una mímesis selectiva e idealizada, donde el pintor no copia un cielo particular, sino que sintetiza la idea de planeta, de totalidad. El soporte mismo, una laja plana y trabajada, refuerza este código icónico al remitir directamente a la tradición pictórica occidental del lienzo como ventana al mundo. Sin embargo, este iconismo se ve inmediatamente problematizado por su soporte mineral: no es una ventana a un ailleurs, sino una transformación de un fragmento terrestre en una imagen celestial. Se produce así una sinécdoque material: la laja (parte de la corteza terrestre) se convierte en la representación del planeta entero (el todo).2
En contraste, las cuatro piedras de basalto tratadas con pigmento más crudamente en tonos rojos y amarillos que aluden a un “efecto de alta temperatura” operan en un registro distinto. Su intervención es parcial, acentuando la textura natural de la roca. El signo aquí es híbrido: icónico, en cuanto asemeja lava o fuego (por el color), pero fundamentalmente plástico.3 El plano de la expresión —la materia rugosa, el pigmento aplicado de manera no tan ilusionista— se correlaciona con un contenido de energía, transformación geológica y calor primordial. Mientras la laja puede apelar a la visión (el cielo, la lejanía), el basalto apela a la sensación táctil y térmica (la incandescencia, la proximidad). Finalmente, las piedras más pequeñas de pumita y basalto que “mantienen su integridad natural” funcionan como índices puros de su origen: son signos que señalan directamente, por una relación física de contigüidad, al volcán y al paisaje del Pedregal.4 Son la naturaleza como un dato bruto, el referente mismo incorporado a la obra.

2. La Pintura como Perforación Simbólica: Entre el Taoísmo y la Acción Moderna

La declaración del artista Pedro Calderas es crucial para decodificar la relación entre estos elementos: “La roca dejó de ser solo materia o paisaje para convertirse en un objeto cargado de significado. En este contexto surgió la idea de la pintura como perforación simbólica”.5 Este enunciado sitúa la obra en la intersección de dos paradigmas aparentemente opuestos descritos en el marco teórico: la tradición taoísta china (Xieyi) y la concepción moderna de la pintura como acción creativa (verbo).6
Por un lado, la noción de “perforación simbólica” donde “lo suave (el óleo) vence a lo duro (el basalto)” es una referencia explícita al pensamiento taoísta. En la tradición Xieyi, el artista no impone su subjetividad sobre la materia, sino que actúa como un conducto para revelar la cualidad intrínseca (Tao) de las cosas como lo dice Calderas inspirado por las piedras Gongshi y Taihu. La intervención pictórica de Calderas sobre la laja y el basalto puede interpretarse desde esta óptica: el óleo no encubre la piedra, este dialoga con ella, permitiendo que emerja su significado latente —el cielo en la laja, el fuego en el basalto—. El artista, en este sentido, “armoniza ojo, mano, mente y materiales”, y su individualidad se disuelve como “un remolino en una corriente”, al servicio de una expresión de lo universal.7 La obra, así, no representa un paisaje externo, sino que es un fragmento de paisaje que, mediante un gesto suave, revela su propia esencia cósmica (cielo, planeta).

Por otro lado, este gesto es también una acción creativa en el sentido moderno. La pintura como “perforación” es un acto físico y decisivo que valora el proceso y la expresión por encima de la representación fiel. Se privilegia el hacer sobre el mostrar. Esta perspectiva se alinea con el “giro moderno” que redefine la pintura como verbo.8 La materia pictórica —el óleo sobre la roca— se aprecia entonces no solo por lo que significa, sino por lo que es: un evento, un encuentro entre dos sustancias con cualidades opuestas. La contemplación estética que la obra propone es, por tanto, dual: se puede contemplar la imagen del cielo (contenido icónico) o se puede contemplar el fenómeno de la pintura infiltrándose en la porosidad de la piedra (expresión material).

3. Semiosis y Códigos Débiles: La Construcción de un Altar

La estructura compositiva de la obra —la laja erguida e inclinada sobre un pedestal, con las otras piedras “postradas” alrededor— activa el significante clave de su título: Altar. Este término alude a la instauración de un código cultural específico que reorganiza la semiosis de toda la pieza. Un altar es un lugar de sacrificio, ofrenda, conexión con lo sagrado o lo trascendente. Al denominar así al conjunto, Calderas establece una regla semántica que correlaciona los signos materiales con una situación ritual.

En este “altar”, la laja-pintada-planeta asume el papel de la deidad o el icono venerado: es el cielo-tierra, la totalidad representada, hacia donde converge la atención. Las piedras de basalto con pigmento rojizo pueden leerse como ofrendas o elementos rituales (carbones encendidos, sacrificios). Las piedras en su estado natural, esparcidas alrededor, funcionarían como el suelo sagrado, el contexto primordial que da sentido al ritual. La disposición espacial ya no es meramente formal; es sintáctica. Construye una narrativa no lineal donde el espectador es invitado a rodear la pieza, a participar en una circumambulación ritual.

Este código, sin embargo, es débil o de ratio difficilis, en términos semióticos.9 No obedece a una convención estable y universal como la de un altar religioso tradicional. Es un código que la obra instituye en el acto mismo de su creación. La resistencia de la pieza a una interpretación unívoca radica precisamente aquí: negocia constantemente entre la convención reconocible (“altar”, “paisaje”) y la innovación radical de sus materiales y su ensamblaje. El significado emerge de la interacción dinámica entre el sistema icónico (el cielo pintado), el sistema plástico (las texturas, colores y formas de las rocas) y el contexto cultural que el título y la disposición evocan.10
4. Conclusión: La Reunificación de los Opuestos

“Altar al Pedregal Cielo” de Pedro Calderas se puede entender, en última instancia, como un esfuerzo por reunir polos conceptuales que la teoría del arte ha tendido a separar. La obra sintetiza la mímesis (la imitación idealizada del cielo-terrestre) con la poiesis moderna (la acción de pintar-perforar). Combina la visión del artista como expresor individual de una acción creativa con la del artista taoísta como medium de una cualidad universal. Oscila entre la pintura como sustantivo (un objeto que representa) y la pintura como verbo (un gesto que transforma).11
Desde una perspectiva semiótica, la obra demuestra que la significación en el arte contemporáneo rara vez es unidireccional. Es un proceso de semiosis ilimitada, donde un signo remite a otro en una cadena que incluye la materia, la intervención, la tradición cultural y la disposición espacial.12 La piedra, en este complejo entramado, cumple una triple función: es el soporte físico, el signo índice de su origen geológico y el símbolo de una naturaleza cargada de significado cultural y espiritual.

Calderas no pinta sobre el paisaje, sino con el paisaje. “Altar al Pedregal Cielo” no se restringe a representar una relación entre la tierra y el cielo; la performa materialmente. Al hacerlo, redefine la noción misma de paisaje en el arte: ya no como escenario contemplado desde la distancia de un lienzo, sino como una entidad viva, histórica y geológicamente constituida, que puede ser intervenida ritualmente para revelar, en su propia sustancia, los principios cósmicos que la habitan. La obra se postula así como un sitio de contemplación activa, donde el espectador es confrontado con la paradoja fundamental de percibir, a la vez, la crudeza de la roca y la ligereza del cielo, lo local del Pedregal y la universalidad del planeta, en un único y elocuente acto de significación.


Notas

1. Para una definición fundacional de la semiótica como ciencia de los signos, ver Charles W. Morris, Fundamentos de la teoría de los signos (Chicago: University of Chicago Press, 1938), 1-10.
2. Sobre el signo icónico y su relación de semejanza, ver Umberto Eco, Tratado de semiótica general (Barcelona: Lumen, 1975), 233-257.
3. Para el análisis del plano plástico (color, textura, forma) como sistema significante autónomo, ver Grupo μ, Tratado del signo visual. Para una retórica de la imagen (Madrid: Ediciones Cátedra, 1992), 45-78.
4. Sobre el signo índice y la relación de contigüidad causal, ver Eco, Tratado de semiótica general, 189-202.
5. Pedro Calderas, declaración en entrevista con el autor y texto otorgado, Ciudad de México, 3 y 9 de diciembre de 2025.
6. Una reflexión sobre la redefinición moderna de la pintura como acción se encuentra en Julian Bell, ¿Qué es la pintura? (Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 1999), 15-40.
7. Bell explora la noción del artista como medium y la relación con tradiciones no occidentales en ¿Qué es la pintura?, 185-210.
8. Ibíd., 15-40.
9. Umberto Eco desarrolla el concepto de ratio difficilis para códigos no convencionalizados o de creación ad hoc en Tratado de semiótica general, 213-232.
10. Para un análisis de cómo los códigos visuales y culturales interactúan en la interpretación, ver Santos Zunzunegui, Pensar la imagen (Madrid: Ediciones Cátedra, 1998), 120-145.
11. Juan Acha aborda la crítica del arte desde la tensión entre representación y acción en Crítica del Arte (México D.F.: Editorial Trillas, 1992), 55-80.
12. El concepto de “semiosis ilimitada” es central en la obra de Eco. Ver Tratado de semiótica general, 68-72.



Bibliografía

Acha, Juan. Crítica del Arte. México D.F.: Editorial Trillas, 1992.

Bell, Julian. ¿Qué es la pintura? Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 1999.

Calderas, Pedro. Declaración en entrevista con el autor y texto otorgado. Ciudad de México, 3 y 9 de diciembre de 2025.

Eco, Umberto. Tratado de semiótica general. Barcelona: Lumen, 1975.

García, Antonio. Retórica de la Imagen: Figuras y Tropos en la Pintura Contemporánea. Madrid: Editorial Universitaria, 2020.

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