Por María Fernanda Galván Trejo
Análisis semiótico y conceptual de la pintura de Diego Olveda
En el ámbito de la pintura contemporánea, las imágenes ya no operan únicamente como objetos destinados a representar el mundo visible, sino como superficies donde se cruzan sistemas de signos, gestos materiales y estructuras conceptuales, lo que implica que una obra pictórica no solo muestre, sino que organice estos modos de leer, interpretar y pensar. Bajo este entendido, la pintura que presenta el artista Diego Olveda se entiende como un campo semiótico y conceptual en el que convergen diferentes fuerzas, por un lado, la geometría técnica y por otro la inestabilidad matérico-gestual, el orden y el desbordamiento, la estructura y el tránsito.
A continuación, se hará una descripción del análisis visual de la obra de Olveda, recurriendo a un lenguaje que evitará la figuración directa para abordar la migración como fenómeno espacial y sensorial. Considerando el cuerpo de trabajo que presentó durante el semestre, esta obra, también traslada la experiencia migrante a un nivel de abstracción donde un patrón isómetrico sobre papel, la densidad del pigmento y el juego de tensiones cromáticas, actúan como signos que remiten a territorios regulados, trayectorias interrumpidas y fricciones del tránsito.
A partir de esta perspectiva, el presente ensayo propone un análisis de la obra desde diferentes ejes fundamentales. Como primer punto se profundizará en los planos semióticos, posteriormente en los enfoques conceptuales de la pintura, los signos y códigos visuales activados por la obra, y finalmente, los tropos que estructuran su dimensión. Esto permitirá comprender cómo la pintura abre un lenguaje complejo en el que la migración se construye no como narración explícita, sino como una tensión visual entre lo geométrico y lo matérico, entre el orden espacial y la fuerza del desplazamiento humano.
Planos semióticos
Como primer encuentro, se presenta el plano sintáctico, que corresponde al modo en que los elementos plásticos se articulan entre sí, ya sean líneas, módulos, ritmos, direcciones, densidades, jerarquías formales, etc. En la obra, la sintaxis visual devela un patrón isométrico no tan evidente, es decir, un gesto marcado sobre el papel que genera la ilusión de tridimensionalidad a partir de la repetición de unidades geométricas equivalentes. Este sistema organiza la superficie de manera homogénea, aunque no estático, ya que se presenta a manera de collage, y que hasta cierto punto presenta una limitante, es decir, se contiene la información, una contracción.
La isometría, por su propia estructura, produce un efecto de orden matemático. Sin embargo, dentro de esa regularidad aparecen pequeños desajustes, interrupciones o densidades plásticas que parecen desestabilizar la continuidad del patrón. Tales variaciones no destruyen la estructura, pero la tensionan, es decir, la obra oscila entre la sistematicidad y la irregularidad, entre el control del trazo y la posibilidad de quiebre. Esta dialéctica sintáctica es significativa porque se constituye como un primer nivel de metáfora visual; la migración, lejos de ser un movimiento uniforme, implica trayectorias interrumpidas, desvíos y rodeos dentro de un sistema que pretende, pero no consigue ser estable.
En el plano semántico se entienden los significados que emergen de los elementos formales y materiales. En la pieza se puede percibir que el patrón isométrico no se interpreta como un recurso puramente estético, sino como un dispositivo conceptual cargado de sentido. Por su capacidad para representar tridimensionalidad a partir de módulos equivalentes, la isometría remite a nociones de territorio, infraestructura y mapeo, donde en este caso se puede
leer como una abstracción de arquitecturas, asentamientos o trayectos. La repetición modular evoca redes, rutas y patrones de movimiento.
La migración, entendida como un fenómeno global, involucra desplazamientos que se insertan en sistemas previamente estructurados, ya sean fronteras, controles, rutas oficiales y no oficiales, redes comunitarias, geografías políticas. El patrón isométrico, con su fuerte componente estructural, funciona como símbolo de esos sistemas que condicionan el tránsito. Sin embargo, las variaciones internas —los quiebres y desplazamientos del patrón— introducen la idea de agencia humana dentro de la estructura. La obra sugiere que, aunque existan marcos rígidos que regulan el movimiento, las trayectorias individuales producen desbordes y transformaciones. Esto es una de las fortalezas de la pieza, no presenta la migración de manera literal, sino que la convierte en un proceso abstracto que se desliza entre el orden estructural y la ruptura.
La paleta reducida también adquiere valor semántico por su saturación, monocromía o contraste puede leerse como indicadores de tensión, calma o intensidad del movimiento. En conjunto, todos estos elementos construyen un campo de significación complejo que desplaza la migración desde lo narrativo hacia lo estructural.
En el nivel pragmático se analizan no sólo los significados internos, sino los efectos comunicativos y las condiciones externas que modulan su interpretación. En este caso, el contexto de la obra resulta fundamental, donde Olveda trabaja desde una idea donde la migración es un fenómeno cotidiano. La decisión de representar este fenómeno mediante un patrón geométrico no busca eliminar la dimensión humana, sino producir una distancia crítica que permita observar la migración desde una perspectiva estructural y no puramente anecdótica.
La obra activa un tipo de relación particular con el espectador, ya que, al no ofrecer imágenes explícitas de la migración, obliga a quien observa a establecer conexiones conceptuales, a leer la estructura a manera de metáfora y no como una representación directa. Este procedimiento se alinea con prácticas contemporáneas que utilizan la abstracción como forma de crítica, donde presentar una estructura rígida que se desestabiliza, permitiendo reflexionar sobre los mecanismos sociales que generan desplazamientos.
La recepción también forma parte del nivel pragmático. Dependiendo del bagaje cultural del espectador, este patrón puede activar asociaciones distintas, tal vez para algunos evocará mapas urbanos, para otros, redes o sistemas de control. El sentido no está cerrado, sino que se produce en la interacción entre obra y público.
Enfoques conceptuales
La obra desde los enfoques conceptuales de la pintura permite profundizar en la manera en que la migración es articulada no mediante imágenes figurativas, sino a través de una operación conceptual que reorganiza las funciones tradicionales de la imagen pictórica.
Se reconoce que en la pintura existe una negación de la imitación. El patrón isométrico sustituye lo evidente. De esta forma, la pintura opera por desplazamiento conceptual, donde en lugar de mostrar la migración, la traduce en un lenguaje formal cuya relación con el tema es simbólica y abstracta.
La representación operada por la obra es de carácter simbólica. El contraste entre lo denso y lo vacío podría estar hablando de un desorden, ya que el patrón isométrico funge como las estructuras sociales a manera de secuencia; y finalmente el desgaste material, las fricciones del movimiento. La representación se produce por analogía conceptual, no por mímesis
tradicional. Representa procesos, condiciones y fuerzas mediante relaciones formales y no figurativas.
El componente expresivo emerge principalmente del gesto pictórico que Olveda presenta. Desde la aplicación de la pintura, que, aunque se refleja un esfuerzo por querer integrar las formas orgánicas, llegan a percibirse contenidas, es decir todavía hay un respeto por las formas rígidas que anteriormente ha presentado. El mismo recorte del papel se siente enmarcado. El cuadro, así, no solo representa un tema, sino que incorpora formalmente su dimensión temporal y procesual.
Signos y códigos en la pintura
La pintura activa un sistema complejo de signos visuales y materiales que operan simultáneamente sobre distintos niveles de lectura. En este sentido, resulta pertinente analizar la obra desde diferentes nociones clave, donde cada uno de estos elementos permitirá comprender cómo la composición articula significaciones a través de la materialidad misma del soporte y la organización visual del plano.
Se entiende que el concepto de signo plástico, es el que produce sentido sin depender de la representación icónica. En la obra, este tipo de signo se manifiesta en dos niveles:
Por un lado, está el gesto matérico y el trazo irregular, que discurren desde la parte superior. Este gesto, con apariencia de mancha expansiva, funciona como un signo plástico que introduce un esfuerzo de dinamismo tensionante en el plano.
Y por el otro, se presenta el patrón isométrico del plano inferior medio. Aunque se muestra geométrico y repetitivo, no se interpreta como figura representacional, sino como estructura formal que produce una lectura de orden, medición y regularidad.
La relación entre ambos signos plásticos —uno orgánico y expansivo, otro geométrico y regulado— produce un contraste semántico fundamental, un choque entre la experiencia del tránsito —lo fluido, incierto, inestable— y las estructuras que norman el espacio —lo técnico, lo calibrado, lo que fija un límite—. La migración aquí no se representa figurativamente, sino a partir de un tejido de signos plásticos que encarnan sus tensiones constitutivas.
En esta obra, también se combina de dos códigos, el duro se activa principalmente mediante el patrón isométrico, que proviene de un sistema gráfico preexistente, propio de la geometría descriptiva. Este patrón no surge del gesto espontáneo del artista, sino de una plantilla o retícula con reglas precisas. Es un código cuyo funcionamiento está fijado antes de ingresar a la obra. La lógica del soporte, el papel doblado conserva líneas de plegado que obedecen a procedimientos concretos y repetitivos. Y el blando, por el gesto plástico del empaste y su organicidad, este código opera principalmente en la dimensión cromática, el uso de tonos contrastados y el iridiscente presentado a manera diluida, generando un campo de vínculos simbólicos que no están fijadas por un sistema externo, sino que emergen de la sensibilidad del espectador. La pintura, así, pone en tensión el gesto subjetivo de la imposición estructural queriendo romperse.
La noción de ratio difficilis alude a la dificultad carácterística de ciertos sistemas visuales, cuyo sentido no es inmediato y requiere una activación interpretativa más profunda. Se opone a la ratio facilis —la lectura inmediata de signos figurativos— y se asocia con la abstracción, la ambigüedad y las multicapas de significación.
En esta obra, se manifiesta en varios aspectos, comenzando por la composición, que no entrega una narrativa directa. No hay figuras humanas, ni objetos reconocibles, ni paisajes. El espectador debe decodificar el sentido a partir de la fricción entre signos plásticos y códigos, sin
que ninguno de esos significados se imponga por completo. Su ambigüedad es productiva, es decir, genera una lectura abierta, no literal.
La relación entre el gesto pictórico y la geometría es tensional, no ilustrativa. No existe una traducción inmediata entre un elemento y otro. Más bien, la obra trabaja en registros simbólicos y materiales cuya interrelación no se resuelve fácilmente.
Esta dificultad interpretativa no es un obstáculo, sino una estrategia estética que desplaza la migración del terreno descriptivo al conceptual. La obra exige al espectador un posicionamiento activo, un esfuerzo por recomponer el sentido desde zonas de fricción, silencios visuales y estructuras incompletas.
Tropos
Los tropos constituyen una dimensión esencial de esta obra, ya que permite comprender cómo la pintura articula diferentes conceptos a través de desplazamientos simbólicos.
La metáfora del tránsito, en un inicio se hace evidente en la relación entre el interior “vacío” y los bordes densos. El espacio central se convierte en metáfora de un territorio por atravesar, mientras que los bordes funcionan como metáfora de fuerzas externas que condicionan el movimiento.
La metonimia espacial aparece en los gestos matéricos. Cada arrastre o mancha funciona como parte por el todo, representando el movimiento más amplio de quienes migran. La textura se convierte en huella de un tránsito mayor.
La sinécdoque del territorio se materializa en el patrón isométrico, como un fragmento que representa el sistema espacial completo. Este diseño, aunque parezca simple, remite a estructuras más amplias sin necesidad de mostrarlas por completo.
Finalmente, la pintura puede leerse como una alegoría de la relación entre estructura y fuga. La geometría simboliza el orden preexistente y la materia pictórica, la irrupción, el cruce o el desbordamiento. Juntas articulan una alegoría del movimiento humano a través de sistemas rígidos.
Conclusión
El análisis de esta obra permite comprender cómo Olveda ha logrado reforzar un lenguaje pictórico cada vez más sólido, sustentado en la interacción entre signos plásticos, códigos, estructuras sintácticas complejas y una profunda atención al proceso material. A lo largo del semestre, su práctica se ha caracterizado por un estudio minucioso de los elementos que conforman la pintura, desde el soporte, la matriz y la aplicación del pigmento como gesto capaz de activar significados no figurativos. Todo ello se ve presente en esta última pieza, donde se inscribe dentro de una sintaxis visual coherente, en la que el diálogo entre orden y desborde, entre estructura y energía, permite abordar la migración desde una dimensión conceptual más que narrativa.
Este avance técnico y reflexivo no es circunstancial, ya que se sostiene en la evolución que Olveda ha mostrado durante los últimos meses. Su acercamiento a la pintura ha trascendido progresivamente el plano material para situarse en una comprensión más amplia del medio, entendiendo que la pintura no es solo pigmento sobre un soporte, sino un sistema de relaciones simbólicas, perceptivas y procesuales. Su trabajo ha demostrado una creciente claridad en el
manejo del soporte —particularmente en el uso del papel doblado como matriz de memoria— y una determinación notable en la organización del espacio pictórico. La limpieza de sus composiciones, la precisión en la selección de materiales y la coherencia entre concepto y forma evidencian un proceso disciplinado, atento y consciente.
El semestre concluye así, con un cuerpo de obra que no solo muestra consistencia, sino también apertura. Olveda cierra este periodo con múltiples ideas en desarrollo y con un amplio margen de posibilidades para experimentar, tanto en relación con la materialidad del soporte como en la expansión de su lenguaje visual. Su camino se proyecta amplio por su claridad técnica que ha logrado hasta ahora, sumada a su capacidad de construir significados desde la abstracción y la estructura, visualizando un crecimiento continuo. La obra aquí analizada no es un punto de llegada, sino un paso que anuncia futuros niveles de complejidad formal y conceptual, consolidando un proceso que comienza a desplegar su potencial.
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