sábado, 6 de diciembre de 2008

La pintura de Luís Luviano

Por Bernardo Soriano Gatica

La pintura que a continuación será descrita desde el complejo punto de vista de tropos, si pudiese llevar algún nombre, según el mismo Luís, se llamaría, justamente Metonimia. La ejemplificación general de metonimia compilada por Alberto Carreri y José Saborit sería, según Jaques Duran (1970), en el caso de la publicidad estática:
“-sustitución de la causa por el efecto; el refrigerador es reemplazado por un bloque de hielo de la misma forma (Arthur Martin, 1966), el calzado por su huella (Baudou, 1966);
-sustitución de un objeto por su destinación: la radio presentada por un objeto por una oreja, la televisión por un ojo (Blaupunkt, 1965, Pathe Markoni, 1966);
-sustitución del todo por la parte (sinécdoque): el coche representado por un volante o por una chapa de la patente (Mercedes, 1964), el personaje por una parte del cuerpo (manos, pie, ojo, nariz), etc.” (p.306).

Una metonimia se produce por sustitución, entonces en la pintura de Luis ¿qué es lo que vemos en lugar de qué? Tres tipos de elementos icónicos aparecen en la pintura de Luis: el espacio, los sujetos que aparecen en ese espacio y los objetos que identifican a esos sujetos. Dicen los autores del texto que para considerarse es necesario que:
“La sustitución o desplazamiento o desplazamiento sea considerada retórica –es decir: se produzcan como consecuencia de un desvío- que no se encuentre institucionalizada como norma.” (p. 307).


Luis explica que el tema de su pintura es el reflejo, y nos encontramos, en primer lugar y por supuesto no el único, concepto trópico más a la mano, el de la metáfora. El tema, la confrontación interior con uno mismo, está metaforizado por analogía semántica, con el concepto de contemplación interior. Es decir que la imagen de contemplación especular es la metáfora de este auto reconocimiento. Los autores dirían que es una ilustración pictórica de metáfora verbal, donde la frase, o el tema confrontación interior, hace alusión al interior del ser, de los pensamientos o las reflexiones.

Además, en los amplios espacios de la pintura no vemos exterior, como si fuera el interior de una casa sin ventanas, como podrían ser las entrañas… Son dos metáforas fortalecidas una por la otra, por un lado tenemos la imagen especular y por otra el espacio, si bien amplio, también cerrado. Es decir, tenemos la metáfora de la autocontemplación en dos sentidos explicitada, por un lado como reflejo y por otra como encierro, lo que equivaldría a ensimismamiento.



Los autores, Carreri y Saborit, traen a colación a Gombritch sobre el asunto trópico de la metáfora, quien a su vez, recuerda a Santo Tomas, quien dice según él mismo: “que la verdad puede manifestarse por cosas o por palabras: “… del mismo modo en que las palabras significan cosas las cosas pueden significar otras cosas…”, de donde se desprende la conclusión de que la metáfora puede ser un tanto ambigua, como en el caso de las lecturas de las Escrituras Sagradas.
Y de esta manera más o menos ambigua, podemos tener otra metáfora más. La metáfora espacial de la cual nos hablan los autores, podemos especular que se puede apreciar en la puerta que está justo por encima del sujeto que encontramos de espaldas en primer plano. Pero qué nos dice esa puerta. Por su posición es símbolo de esperanza y de cambio, sin embargo, si lo meditamos un poco más, la ansiedad se apodera de nosotros, pues no olvidemos que al ser reflejo de la original, la original se encuentra justo debajo del sujeto, simbolizando justo lo opuesto, la desesperanza, la zozobra.

¿Pero por qué entonces la pintura se llama Metonimia? En la pintura de Luis, vemos un espacio amplio casi sin vida, excepto por el sujeto que posiblemente se está reflejando en un espejo, cuyas dimensiones no se podrían especificar puesto que sus límites se encuentran más allá del perímetro del cuadrado de la pintura.

El espacio, que bien podría describirse como sórdido o solitario, evade este título por el intenso amarillo del piso y las encendidas paredes verdes. Sin embargo nos acordamos de los espacios surrealistas o metafísicos en los que naturalmente, según los mismo Carreri y Saborit, aceptamos que nadie viva. Es decir que de alguna u otra forma existe una sustitución de aquellos espacios interiores, que por cierto, en sentido estricto, no existen. Además, quizá podría hablarse de una intención antonomásica, en cuanto que el espacio sustituye un sujeto concreto, Luis y por extensión, el espectador.

Es decir que específicamente este espacio interior que vemos en la pintura es el de Luis, no solamente es un espacio interior cualquiera, sino que es el del autor, quien está ausente, quien ha sido sustituido, por paredes, un sujeto reflejado y principalmente por un vasija de la que más adelante se hablará.

Por otro parte, hablando del luminoso color del espacio en el cuadro de Luis, podríamos hablar de otra figura trópica, esta vez hiperbólica: la paradoja. Dicen los autores de La retórica de la pintura, que una hipérbole visual: “… se caracteriza por un exceso –de aumento o de disminución- en el plano de la expresión, que desborda los límites de la verosimilitud en la representación icónica o las expectativas en cuanto a la regularidad plástica. Su exageración –asistida con frecuencia por tropos, como la metáfora- permite reconocer, no obstante, su lejano parecido con un significado verosímil.”

Muy apropósito Luis pone, paradógicamente, estos colores vivos en estos espacios tan grandes, para no caer en la obviedad y atrapar al espectador, evocando un cierto patetismo desconcertante. Si pudiésemos traducir este elemento pictórico a palabras, diríamos algo así como “sombría luminosidad”. La paradoja de Luis viene desde el signo plástico, el color y el delicado y homogéneo tratamiento de este sobre la superficie, hasta que penetra el signo icónico, estas paredes enmarcando un espacio neutro, vacío, para llegar a darnos este significado ambivalente y perturbador de soledad y confort.


Otro elemento de la hipérbole que se reconoce en la pintura de Luis es el silencio. Es un silencio que pregunta. Dos hombres que se encuentran frente a frente, pero son el mismo. Y delante de cada uno, una vasija, alegoría, según Luis, del origen de la intención primigenia del artista. El objeto más querido es decorado y así nace el arte…

Las vasijas, que sirven para beber, para aliviar la ansiedad y que sin embargo vemos vacías, están una frente a la otra. Son reflejo, no hay respuesta, solo la que ellas mismas, o mejor dicho, ella misma, brinde. Pero parece que tampoco hay pregunta, solo hay silencio, y tan profundo que incluso Luis mismo, creo, se ha quedado fuera de esa zona interior.

Sin embargo, más allá del silencio, en el eco de la sinécdoque icónica, la vasija sostiene una relación metonímica con el autor de la obra, con Luis, lo representa a él, tanto como al deseo de apagar la sed, una ansiedad... Y además es una sinécdoque icónica en cuanto que representa o sustituye la noción de la insatisfacción, es decir que representa el deseo de saber… tanto sobre el origen del ser, como acerca el devenir personal.

Entonces la pintura Metonimia de Luis, de quien hace justo una metonimia, por antonomasia, es del mismo autor. Dicha pintura nos deja ver, por cierto, cómo los tropos son figuras retóricas que utilizadas en el ámbito de la pintura desvanecen sus límites con gran facilidad, lo cual, al contrario de empobrecer su eficacia, las complejizan llevándonos a una lectura más rica de las obras y a ámbitos más amplios para la creación.


Bernardo Soriano Gatica.